Hoy, a eso de las ocho de la mañana, me ha despertado un agudo dolor de barriga. Las sospechas se han disparado de inmediato y en mi mente ha aparecido una palabra fatídica, de esas que no quieres oír mencionadas ni en un radio de 10 km a la redonda (y no sólo por su terrible impacto fónico -sólo comparable al gráfico-, sino por las nefastas consecuencias que suele acarrear): SALMONELOSIS. Mi inquietud no era para menos: la noche anterior, siguiendo en la línea de mi vida equilibrada y poco dada a los excesos, me había endilgado una tortilla de chorizo zamorano a las doce de la noche y, como si nada, me había metido bajo las sábanas dispuesto a disfrutar de un sueño reparador. Mi atrevimiento no podía hacerse esperar demasiado: gracias a él, llevo penando todo el día por la casa, sin poderme llevar casi nada al gaznate y, a cambio, ingiriendo toneladas de basura televisiva, entre la que apenas he podido rescatar una entrevista al trasnochado Alfonso Sastre, ofrecida por la minoritaria y granulada televisión del barrio de Vallecas. Mi única compañía en todo este tiempo ha sido un tópico libro de Pirandello, un hedor infecto que no me molestaré en describiros y la persona de Ken, mi compañero de piso, con el que he tenido la oportunidad de conversar tanto y tan encendidamente como con el dramaturgo italiano, muerto hace más de medio siglo.
Pero volviendo a mi osadía, considero que merece figurar entre las mayores insensateces que he cometido en mi vida, apenas parangonable a aquella Nochevieja lluviosa en la que decidí saltar un muro ayudándome de un container o a esa otra vez en la que, tras descubrir que el horno no funcionaba, me metí entre pecho y espalda un pizza congelada. Y es que en esta ocasión, contaba con numerosas evidencias que, en un mundo perfecto, me habrían alejado de la ingesta de tal bomba alimenticia. La primera de ellas, que ni al más despistado se le escapa pero que yo decidí obviar olímpicamente, tiene que ver con el poder abrasivo del embutido castellanoleonés, que poco falta para que se sirvan de él en las voladuras mineras. Él fue, con toda seguridad, el causante de mi malestar presente. Queda, de todas maneras, otro detalle, aún más importante, que no debe ser olvidado en ningún caso, que ha de regir gran parte de mis decisiones futuras, al menos en mis refecciones, si no quiero precipitarme en el abismo de salmonelítico: la procedencia de los huevos. En efecto, aunque la fecha de caducidad aludiese a los primeros días de mayo, el lugar donde los compré es más que propenso a la suspicacia, sobre todo en lo que se refiere a la frescura de los productos expuestos. No exagero: hace varias semanas compramos un bote de Nutella -minutos publicitarios- que había caducado hacía un año. Si consideramos que dicho producto tiene una vida de hasta dos años (el bote por el que me cambiaron la muestra putrefactada señalaba el 2009), eso quiere decir que el que yo me llevé a casa había sido colocado en la estantería en torno al 2004 o, como mucho, el 2005. ¿Qué esperar del resto, pues? ¿Cómo arriesgarse a comprar algo tan delicado como huevos en tal lugar? En fin, por suerte, no ha sido cosa suya, ya que, de lo contrario, ahora mismo estaría echando el alma en cualquier servicio de hospital. En mi situación, confío en que mañana me despierte lozano como siempre, y sin el regustillo a chorizo que hoy me ha acompañado todo el día. Para el futuro, sin embargo, habré de aprender de casos como este.
Y después de haceros sufrir con esta brasa increíble, que seguramente importa menos que los presupuestos del estado de Islandia, acabo por confesar mi culpa, que espero esté suficientemente justificada: no he ido a votar a la universidad. El próximo rector, pues, no contará con mi voto, que se ha quedado conmigo en la cama. Aunque, si he decir la verdad, no tenía ni idea de a quién votar y, si por mi fuera, me habría dado exactamente lo mismo que saliese elegido el mismísimo Coco de Barrio Sésamo -con el que, por cierto, uno de los candidatos guardaba una inquietante semejanza. Menos mal que, al menos, aún quedan las elecciones locales, en las que participaré con el pleno derecho de un madrileño de adopción que, mal que mal, va encontrando su sitio en esta inacabable urbe.
Aquí están los aspirantes, sonrientes como almas cándidas (menos Berzosa, el actual rector, que parece pedir limosna). El que parece salido del mundo de Espinete es, obviamente, el primero a la izquierda.

Pero volviendo a mi osadía, considero que merece figurar entre las mayores insensateces que he cometido en mi vida, apenas parangonable a aquella Nochevieja lluviosa en la que decidí saltar un muro ayudándome de un container o a esa otra vez en la que, tras descubrir que el horno no funcionaba, me metí entre pecho y espalda un pizza congelada. Y es que en esta ocasión, contaba con numerosas evidencias que, en un mundo perfecto, me habrían alejado de la ingesta de tal bomba alimenticia. La primera de ellas, que ni al más despistado se le escapa pero que yo decidí obviar olímpicamente, tiene que ver con el poder abrasivo del embutido castellanoleonés, que poco falta para que se sirvan de él en las voladuras mineras. Él fue, con toda seguridad, el causante de mi malestar presente. Queda, de todas maneras, otro detalle, aún más importante, que no debe ser olvidado en ningún caso, que ha de regir gran parte de mis decisiones futuras, al menos en mis refecciones, si no quiero precipitarme en el abismo de salmonelítico: la procedencia de los huevos. En efecto, aunque la fecha de caducidad aludiese a los primeros días de mayo, el lugar donde los compré es más que propenso a la suspicacia, sobre todo en lo que se refiere a la frescura de los productos expuestos. No exagero: hace varias semanas compramos un bote de Nutella -minutos publicitarios- que había caducado hacía un año. Si consideramos que dicho producto tiene una vida de hasta dos años (el bote por el que me cambiaron la muestra putrefactada señalaba el 2009), eso quiere decir que el que yo me llevé a casa había sido colocado en la estantería en torno al 2004 o, como mucho, el 2005. ¿Qué esperar del resto, pues? ¿Cómo arriesgarse a comprar algo tan delicado como huevos en tal lugar? En fin, por suerte, no ha sido cosa suya, ya que, de lo contrario, ahora mismo estaría echando el alma en cualquier servicio de hospital. En mi situación, confío en que mañana me despierte lozano como siempre, y sin el regustillo a chorizo que hoy me ha acompañado todo el día. Para el futuro, sin embargo, habré de aprender de casos como este.
Y después de haceros sufrir con esta brasa increíble, que seguramente importa menos que los presupuestos del estado de Islandia, acabo por confesar mi culpa, que espero esté suficientemente justificada: no he ido a votar a la universidad. El próximo rector, pues, no contará con mi voto, que se ha quedado conmigo en la cama. Aunque, si he decir la verdad, no tenía ni idea de a quién votar y, si por mi fuera, me habría dado exactamente lo mismo que saliese elegido el mismísimo Coco de Barrio Sésamo -con el que, por cierto, uno de los candidatos guardaba una inquietante semejanza. Menos mal que, al menos, aún quedan las elecciones locales, en las que participaré con el pleno derecho de un madrileño de adopción que, mal que mal, va encontrando su sitio en esta inacabable urbe.
Aquí están los aspirantes, sonrientes como almas cándidas (menos Berzosa, el actual rector, que parece pedir limosna). El que parece salido del mundo de Espinete es, obviamente, el primero a la izquierda.
Current Mood:
crappy
Current Music: Los ladridos de un puto perro que no se calla ni a la de tres
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