Se suponía que mañana iba a ir al Rastro para comprar pósteres, macetas y otras zarandajas que se me ocurrieran. No obstante, como podéis imaginar, las horas a las que escribo hacen que cualquier madrugón se torne poco menos que impensable. En fin: otro domingo más en la parra, buscando cosas que hacer por todos los rincones y puliendo con esmerado afán mis desiguales recuerdos de la semana ya transcurrida.
Llevo un tiempo considerablemente largo en un estado que la palabra inglesa "standby" define a la perfección: se me pasan las horas, pierdo los autobuses, se me olvidan cosas importantes, no doy señales de vida a personas que me importan... Supongo que al menos algunos de vosotros sabréis a qué me refiero. Esa es la razón de cosas como la del Rastro se sucedan con cierta regularidad. Sea como sea, lejos de traumatizarme con ello, trato de encontrarle solución de todas las maneras posibles: pongo la alarma del móvil, garrapateo en una agenda cuando me viene a la cabeza (casi nunca), relleno a tientas una lista de cosas por hacer y, sobre todo, invado la pared de mi habitación con post-its; lo malo es que no son demasiado adhesivos y, de cuando en cuando, alguno se despega y acaba relegado al ostracismo del suelo, con lo que pierdo la referencia y, sin darme cuenta, olvido qué ponía e incluso su existencia; sólo al cabo de un lustro y medio, cuando me da por limpiar la habitación, doy de nuevo con él, recubierto de una gruesa, tóxica y enmarañada capa de polvo, y caigo en la cuenta de que, una vez más, se me ha escapado una cita importante.
De todas formas, como os digo, intento ser lo más eficiente posible, y hay veces que da sus resultados. Esta semana, por ejemplo, no ha estado tan mal. Dejando a un lado los carnavales gijoneses -que, contra todo pronóstico, estuvieron muy bien, y me tuvieron de farra hasta más de las 8 de la mañana, con un disfraz que más me vale callar-, he aprovechado para hacer bastantes cosas: ¡hasta me he puesto a escribir un trabajo del doctorado! Y lo que es mejor: ¡a lápiz, a la antigua usanza! Aun así, el mayor énfasis lo he puesto en recuperar un poco mi vida social, la cual, últimamente, se iba pareciendo cada vez más a la del ya mentado -hace siglos, por cierto- Simón del desierto; con lo me he juntado con gente de la más diversa catadura para hacer las más variadas actividades: salir a correr, ir a museos, asistir a conferencias, jugar a las cartas, escupir por la ventana a los transeúntes... ese tipo de cosas. A ver cómo sigue el asunto.
Y nada más, chicos. Se me cierran los ojos y ya ni siquiera me acuerdo de por qué me puse a actualizar el journal: creo que iba a hablar de los conductores de autobús de Madrid, hacia los que vengo desarrollando, ya desde hace unas semanas, una animadversión irracional que, un día de estar, va a terminar llevándome a encararme en serio con uno y acabar saliendo por la ventana. No sé qué opinaréis del gremio, ni si alguno de vuestros familiares o amigos trabaja en tan infausta compañía, pero lo que es yo, ME CAGO EN LOS AUTOBUSEROS DE MADRID. Otro día os explicaré mis razones, que, como os digo, estoy hecho polvo. En todo caso, quedaréis satisfechos -espero- aquellos que me habéis conminado a que no abandone la escritura de este compendio de mis "fortunas y adversidades". Si no,
Os dejo con el inextricable mundo de David Lynch, en el que, con un poco de suerte, me adentraré esta semana:

Joer, qué cutre es el cartel. Espero que la peli esté mejor. El tráiler, por lo menos, promete, aunque sea la hostia de friki:
Ah, y también he encontrado esto:
Con todo lo que digan, a mí el Jim Carrey, como diría uno de la Cuenca, mólame mil; y al que no'i mole, doile con la fesoria.
Llevo un tiempo considerablemente largo en un estado que la palabra inglesa "standby" define a la perfección: se me pasan las horas, pierdo los autobuses, se me olvidan cosas importantes, no doy señales de vida a personas que me importan... Supongo que al menos algunos de vosotros sabréis a qué me refiero. Esa es la razón de cosas como la del Rastro se sucedan con cierta regularidad. Sea como sea, lejos de traumatizarme con ello, trato de encontrarle solución de todas las maneras posibles: pongo la alarma del móvil, garrapateo en una agenda cuando me viene a la cabeza (casi nunca), relleno a tientas una lista de cosas por hacer y, sobre todo, invado la pared de mi habitación con post-its; lo malo es que no son demasiado adhesivos y, de cuando en cuando, alguno se despega y acaba relegado al ostracismo del suelo, con lo que pierdo la referencia y, sin darme cuenta, olvido qué ponía e incluso su existencia; sólo al cabo de un lustro y medio, cuando me da por limpiar la habitación, doy de nuevo con él, recubierto de una gruesa, tóxica y enmarañada capa de polvo, y caigo en la cuenta de que, una vez más, se me ha escapado una cita importante.
De todas formas, como os digo, intento ser lo más eficiente posible, y hay veces que da sus resultados. Esta semana, por ejemplo, no ha estado tan mal. Dejando a un lado los carnavales gijoneses -que, contra todo pronóstico, estuvieron muy bien, y me tuvieron de farra hasta más de las 8 de la mañana, con un disfraz que más me vale callar-, he aprovechado para hacer bastantes cosas: ¡hasta me he puesto a escribir un trabajo del doctorado! Y lo que es mejor: ¡a lápiz, a la antigua usanza! Aun así, el mayor énfasis lo he puesto en recuperar un poco mi vida social, la cual, últimamente, se iba pareciendo cada vez más a la del ya mentado -hace siglos, por cierto- Simón del desierto; con lo me he juntado con gente de la más diversa catadura para hacer las más variadas actividades: salir a correr, ir a museos, asistir a conferencias, jugar a las cartas, escupir por la ventana a los transeúntes... ese tipo de cosas. A ver cómo sigue el asunto.
Y nada más, chicos. Se me cierran los ojos y ya ni siquiera me acuerdo de por qué me puse a actualizar el journal: creo que iba a hablar de los conductores de autobús de Madrid, hacia los que vengo desarrollando, ya desde hace unas semanas, una animadversión irracional que, un día de estar, va a terminar llevándome a encararme en serio con uno y acabar saliendo por la ventana. No sé qué opinaréis del gremio, ni si alguno de vuestros familiares o amigos trabaja en tan infausta compañía, pero lo que es yo, ME CAGO EN LOS AUTOBUSEROS DE MADRID. Otro día os explicaré mis razones, que, como os digo, estoy hecho polvo. En todo caso, quedaréis satisfechos -espero- aquellos que me habéis conminado a que no abandone la escritura de este compendio de mis "fortunas y adversidades". Si no,
Os dejo con el inextricable mundo de David Lynch, en el que, con un poco de suerte, me adentraré esta semana:
Joer, qué cutre es el cartel. Espero que la peli esté mejor. El tráiler, por lo menos, promete, aunque sea la hostia de friki:
Ah, y también he encontrado esto:
Con todo lo que digan, a mí el Jim Carrey, como diría uno de la Cuenca, mólame mil; y al que no'i mole, doile con la fesoria.
Current Location: El limbo
Current Mood:
okay
14 comments | Leave a comment
