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nattberg
31 July 2007 @ 12:04 am

Hoy es un día aciago para todos los cinéfilos y, en general, para todos aquellos que saben apreciar el arte con mayúsculas: en su casa de la isla de Fårö, a una hora indeterminada de la madrugada, ha muerto, a los 89 años de edad, uno de los más grandes creadores que ha dado una industria tan inconstante, frívola y maravillosa como es la del cine; Ingmar Bergman, un luchador, un agonista, un déspota, inventor y destructor de fórmulas artísticas, tanto cinematográficas como teatrales, que pasará a la historia –ya figuraba en ella– como el cineasta más fulgurante y poderoso que ha pisado las tierras suecas, por encima de Sjöström, de Sjöberg o de Stiller; una mente desbordante e incansable, torturada por oscuras obsesiones, acosada por fantasmas de varia especie, capaz de convertir el exorcismo en arte. Porque sus películas no son sino eso: una purga de su mente atenazada, una válvula de escape, una escarpada y tormentosa vía a través de la cual alcanzar la liberación, rozar el Absoluto; un camino sembrado de criaturas desgarradas, expuestas en su desnudez ante lo inexplicable, lo incognoscible, ante ese Ser Supremo enmudecido de repente, ajeno a los sufrimientos terrenales, al sinnúmero de preguntas sin respuesta, a los ruegos incesantes de unos seres abocados a la oscuridad y el absurdo. Los comulgantes, El séptimo sello, Gritos y susurros, Persona… cualquier título de su amplia filmografía es significativo, tanto por sí mismo como dentro del conjunto, y su visionado, pese a requerir grandes dosis de atención y paciencia, no deja indiferente a nadie.
Siento que esta actualización, demorada hasta el escándalo, sea debida a tan trágico suceso. Es mi deber, no obstante, homenajear al fallecido y agradecer las múltiples horas de entretenimiento y reflexión que sus películas me han procurado. Con su muerte, se apaga toda una época de titanes cinematográficos, en la que Huston se codea con Fellini, Kurosawa y Kazan intercambian miradas de complicidad, Welles se acomoda en su asiento y Hitchcock se pasea por el fondo, seguido de cerca por Buñuel. Enlutado y pesaroso, brindo mi último adiós a quien decidiera, al menos en parte, mi estancia en Suecia, máxima referencia en mi acervo cinematográfico. Y no hay mejor manera de demostrar mi adhesión a tan magna personalidad que reencontrarme, una vez más, con su cine y recomendárselo a todo aquel que me salga al paso. A todos vosotros envío, pues, mi invitación, con la certeza de que no os defraudará.
Como dijo el otro, no somos nada; pero también es cierto que hay algunos que son un poco más que el resto.
 
 
Current Mood: sad
 
 
 
 
 

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