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nattberg's journal

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crappyHoy nos han hablado de este tipo en clase de teatro polaco. Un verdadero talento que se adelantó a su tiempo de una manera sorprendente, de tal modo que se le considera uno de los principales precursores del teatro del Absurdo, cuya primera manifestación -La cantante calva de Ionesco- no vería la luz hasta casi diez años después de la muerte de Witkiewicz. Incomprendido en su época, ridiculizado por muchos, sería recuperado por el famoso director de escena Tadeusz Kantor, quien, junto a Jerzy Grotowski, forma parte de la élite vanguardista de la escena, no sólo polaca sino también universal. Su figura, pese a todo, es completamente desconocida en España, hasta tal punto que resulta casi imposible dar con una traducción de sus obras; y no todas ellas están traducidas, por supuesto. Sea como sea, lo que más me llamó la atención de este individuo, más allá de sus interesantísimas ideas sobre la creación artística -comparables, en el ámbito de la poesía, con un Vicente Huidobro- o sus más que sobradas aptitudes para la pintura, fue su carácter marcadamente excéntrico y, por encima de todo, infatigable. Se interesó por todo, tocó todos los campos (la poesía, la narrativa, la música, la pintura, la dramaturgia, la filosofía, etc.) y en todos ellos obtuvo resultados más que apreciables. Un carácter curiosísimo por el mundo que lo rodeaba y que, pese a todo, siempre vivió bajo la sombra de su padre, un eminente intelectual de la época que se empeñó en educar a su hijo en la casa familiar. Hasta tal extremo sufrió Witkiewicz de complejos de inferioridad con respecto a su padre, que terminó por cambiarse de apellido: así, en Polonia hoy se lo conoce por nombre de Witkacy. Su biografía está llena de anécdotas: de la que me acuerdo ahora cuenta que su primera novia se suicidó lanzándose desde un acantilado, lo cual le ocasionó al artista una profunda depresión de la que no saldría hasta años después. Como esa o parecidas, se encuentran por doquier en su paso por el mundo... e incluso después del mismo, pues al trasladar sus restos mortales al balneario en Zakopane, alguien cayó en la cuenta de que se habían equivocado de tumba y tuvieron que regresar los huesos ajenos y volver a exhumar, ahora sí, al verdadero Witkiewicz.
Pero bueno, a mí lo que más me gustó de este hombre fueron las fotografías que, durante su vida, se hizo a sí mismo o posando con amigos o parejas. Sólo a través de estos impagables documentos he llegado a comprender que, si Witkiewicz viviera ahora y tuviera la oportunidad de conocerlo, seguramente nos llevaríamos muy bien: como yo hago la mayoría de las veces, acostumbraba a hacer gestos ante la cámara, poner caras de loco, de modo que no hay apenas fotos en la que salga luciendo su verdadero rostro. Pocos indicios como ese para saber que alguien no se toma en serio, no sólo a sí mismo, sino también al mundo que lo rodea.


Qué jefe.
artistic"- Hay un monstruo en la cocina. Lo he visto... ¡y me ha mirado!
- ¿Y tú qué has hecho?
- He salido corriendo como alma que lleva el Diablo."
¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAARRRRRGGGGGG!!!
Esto, que parece sacado de una película de terror de esas que hacen que las palomitas se conviertan en gravilla en nuestra boca, no es sino una conversación que, hace sólo unas horas, he mantenido con uno de mis compañeros de piso. El año pasado me quejaba de que a veces me faltaba poco para tener que entrar a cocinar con pértiga, pero es que este año, viviendo con este par de Erasmus que, si hay algo a lo que dediquen menos tiempo que a estudiar, es a dormir, la cosa se está poniendo tan fea en la cuestión de la limpieza, desinfección y erradicación de todo tipo de forma viviente no deseada (que no pertenezca a la raza humana, claro), que no nos va faltando más que el canto de un céntimo de euro para que tengamos que pertrecharnos de escafandra y lanzallamas para poner el pie en la cocina. En serio: anteayer regresé de vacaciones y, nada más abrir la puerta, me encontré con que quienes primero habían salido a recibirme eran tres bolsas de basura, llenas a rebosar, que, desde su posición en el suelo, repantingadas como si allí no pasara nada, me miraban inmutables, casi desafiantes. Ese no sería, pese a todo, más que el principio, pues al llegar al frigorífico -llevado, más que nada, por la costumbre y no con la esperanza de encontrar alimentos en buen estado- me di cuenta de que la habitación apestaba más de lo normal. Comencé a chequear los bultos de la nevera con el temor de encontrar fungosidades venidas de otro planeta, pero, tras constatar que allí no había más que un par de alimentos pútridos, incapaces de producir aquella pestilencia, cerré la puerta y me dirigí al fregadero, que a la sazón apenas se veía, debido a la montaña de adminículos culinarios que allí se apilaba sin respetar orden conocido. Abrí el armario situado en su parte inferior, donde también acumulamos la basura (aparte de en el pasillo), y di con el foco del hedor: por el suelo del armario se extendía una mancha negra de líquido inidentificable de la que emanaba la mayor peste que os podáis imaginar y que parecía llevar allí semanas. Cerré la puerta con espanto y a punto estuve de echar hasta las muelas. Proferí un par de juramentos a la vieja usanza y me encaminé a la habitación de mi compañero alemán, Kristian. Él, sin embargo, me informó de lo que ya me temía: todo aquello era obra de Ken, el otro "flatmeit", este de Flandes. Coherente con su trayectoria, no había limpiado nada desde que su caterva de amigos, que vinieron a pasar la Semana Santa en Madrid y a dormir (espero que no más) entre las sábanas de mi cama, se marchase dejándolo todo hecho unos zorros. En efecto, también el resto de la casa estaba para prenderle fuego y olvidarse del asunto. Suerte que, al menos, tuvo la decencia de limpiarla (a su manera, eso también es cierto) antes de que fuera demasiado tarde. El incidente de la cocina, a pesar de todo, sigue inexplicado, pues antes de que pudiéramos interrogarlo como Deus manda, ya estaba haciendo las maletas para irse a Francia durante dos semanas. Ahora, entre Kristian y yo, nos hemos propuesto darle un repaso a la casa y tratar de dejarla lo más respetable posible, también, a manera de experimento, para comprobar hasta qué punto la suciedad proviene de nuestro querido Ken. A ver quién sale vencedor.
Eso es todo. Ya sé que, para ser una entrada que llevaba tiempo demorándose, es bastante apestosa (además literalmente). pero bueno, tendréis que conformaros con lo que hay. Y si no, ya sabéis que podéis hacer: venir a ayudarme con la limpieza.
yeah!
okay
embarrassedComo sin duda han podido apreciar los avispados lectores del journal, hace media vida que no actualizo esta suerte de diaro (que, bien mirado, mejor haría en llamarlo "diarreo", pues, como su correspondiente femenino, sólo se manifiesta de tarde en tarde y en el lugar y momento más inopinados). Ello no se ha debido, sin embargo, a inquinas personales con ninguno de mis comentaristas ni con el resto de la caterva livejournalera, como tampoco ha tenido nada que ver con la actitud de divismo que mucha gente, incluso en estos mismo lares, se muestra proclive a desarrollar cuando le prodigan un par de halagos (que ni siquiera tienen que ver con su aspecto físico). Lo único que ha ocurrido es que he estado hasta arriba, bien de trabajo, bien de dudosos compromisos sociales, bien de esa sana empanada mostolera que nunca viene mal. En este tiempo, además, he tenido dos de las revelaciones más trágicas que podían sobrevenirme en lo que a mi carrera profesional se refiere, las cuales han propiciado que haya empezado a buscar bancos y rincones cómodos en los parques y a proveerme de cartones que me protejan de las duras noches madrileñas al raso. Sea como sea, como prueba de deferencia y en honor a la prudencia y al particular decorum que este formato requiere, procederé a obviar su explicación y sólo revelaré de qué se trata a quien me lo pregunte y en reducidos cónclaves; faltaría más.
A pesar de lo expuesto, no todo son males en mi vida. Para regocijo de mi propia persona y de aquellos que tenían la mala fortuna de acompañarme en las comidas y cenas a las que los invitaba antes de Navidades, por fin me he mudado de cueva. Ahora comparto piso, cubiertos, sofás y baño (y no descarto lecho) con dos Erasmus desorejados que pasan en casa el mismo tiempo que yo mismo el año pasado (es decir, casi nada) y a los que, siempre que puedo, hostigo con mis experiencias de cuando yo mismo disfrutaba de esa gloriosa beca (ejem, limosna). Sus nombres, Christian y Ken (como el de Barbie, aunque con pinta de gabacho), y sus nacionalidades, alemana y belga (aunque de la parte de Flandes, allá donde repartía mamporros el mismísimo Alatriste). De momento no hemos salido juntos a ningún sitio, pero sólo es darle tiempo al tiempo para que me introduzca una vez más en ese bello y corrupto mundo del que, si uno fuera listo, nunca se saldría.
Y bueno, creo que ya es suficiente por hoy, gañanes míos. Voy a ver si estudio un poco (¡¡¡Sí!!!).
May the worst be with you.