
Pero volviendo a mi osadía, considero que merece figurar entre las mayores insensateces que he cometido en mi vida, apenas parangonable a aquella Nochevieja lluviosa en la que decidí saltar un muro ayudándome de un container o a esa otra vez en la que, tras descubrir que el horno no funcionaba, me metí entre pecho y espalda un pizza congelada. Y es que en esta ocasión, contaba con numerosas evidencias que, en un mundo perfecto, me habrían alejado de la ingesta de tal bomba alimenticia. La primera de ellas, que ni al más despistado se le escapa pero que yo decidí obviar olímpicamente, tiene que ver con el poder abrasivo del embutido castellanoleonés, que poco falta para que se sirvan de él en las voladuras mineras. Él fue, con toda seguridad, el causante de mi malestar presente. Queda, de todas maneras, otro detalle, aún más importante, que no debe ser olvidado en ningún caso, que ha de regir gran parte de mis decisiones futuras, al menos en mis refecciones, si no quiero precipitarme en el abismo de salmonelítico: la procedencia de los huevos. En efecto, aunque la fecha de caducidad aludiese a los primeros días de mayo, el lugar donde los compré es más que propenso a la suspicacia, sobre todo en lo que se refiere a la frescura de los productos expuestos. No exagero: hace varias semanas compramos un bote de Nutella -minutos publicitarios- que había caducado hacía un año. Si consideramos que dicho producto tiene una vida de hasta dos años (el bote por el que me cambiaron la muestra putrefactada señalaba el 2009), eso quiere decir que el que yo me llevé a casa había sido colocado en la estantería en torno al 2004 o, como mucho, el 2005. ¿Qué esperar del resto, pues? ¿Cómo arriesgarse a comprar algo tan delicado como huevos en tal lugar? En fin, por suerte, no ha sido cosa suya, ya que, de lo contrario, ahora mismo estaría echando el alma en cualquier servicio de hospital. En mi situación, confío en que mañana me despierte lozano como siempre, y sin el regustillo a chorizo que hoy me ha acompañado todo el día. Para el futuro, sin embargo, habré de aprender de casos como este.
Y después de haceros sufrir con esta brasa increíble, que seguramente importa menos que los presupuestos del estado de Islandia, acabo por confesar mi culpa, que espero esté suficientemente justificada: no he ido a votar a la universidad. El próximo rector, pues, no contará con mi voto, que se ha quedado conmigo en la cama. Aunque, si he decir la verdad, no tenía ni idea de a quién votar y, si por mi fuera, me habría dado exactamente lo mismo que saliese elegido el mismísimo Coco de Barrio Sésamo -con el que, por cierto, uno de los candidatos guardaba una inquietante semejanza. Menos mal que, al menos, aún quedan las elecciones locales, en las que participaré con el pleno derecho de un madrileño de adopción que, mal que mal, va encontrando su sitio en esta inacabable urbe.
Aquí están los aspirantes, sonrientes como almas cándidas (menos Berzosa, el actual rector, que parece pedir limosna). El que parece salido del mundo de Espinete es, obviamente, el primero a la izquierda.
Hoy nos han hablado de este tipo en clase de teatro polaco. Un verdadero talento que se adelantó a su tiempo de una manera sorprendente, de tal modo que se le considera uno de los principales precursores del teatro del Absurdo, cuya primera manifestación -La cantante calva de Ionesco- no vería la luz hasta casi diez años después de la muerte de Witkiewicz. Incomprendido en su época, ridiculizado por muchos, sería recuperado por el famoso director de escena Tadeusz Kantor, quien, junto a Jerzy Grotowski, forma parte de la élite vanguardista de la escena, no sólo polaca sino también universal. Su figura, pese a todo, es completamente desconocida en España, hasta tal punto que resulta casi imposible dar con una traducción de sus obras; y no todas ellas están traducidas, por supuesto. Sea como sea, lo que más me llamó la atención de este individuo, más allá de sus interesantísimas ideas sobre la creación artística -comparables, en el ámbito de la poesía, con un Vicente Huidobro- o sus más que sobradas aptitudes para la pintura, fue su carácter marcadamente excéntrico y, por encima de todo, infatigable. Se interesó por todo, tocó todos los campos (la poesía, la narrativa, la música, la pintura, la dramaturgia, la filosofía, etc.) y en todos ellos obtuvo resultados más que apreciables. Un carácter curiosísimo por el mundo que lo rodeaba y que, pese a todo, siempre vivió bajo la sombra de su padre, un eminente intelectual de la época que se empeñó en educar a su hijo en la casa familiar. Hasta tal extremo sufrió Witkiewicz de complejos de inferioridad con respecto a su padre, que terminó por cambiarse de apellido: así, en Polonia hoy se lo conoce por nombre de Witkacy. Su biografía está llena de anécdotas: de la que me acuerdo ahora cuenta que su primera novia se suicidó lanzándose desde un acantilado, lo cual le ocasionó al artista una profunda depresión de la que no saldría hasta años después. Como esa o parecidas, se encuentran por doquier en su paso por el mundo... e incluso después del mismo, pues al trasladar sus restos mortales al balneario en Zakopane, alguien cayó en la cuenta de que se habían equivocado de tumba y tuvieron que regresar los huesos ajenos y volver a exhumar, ahora sí, al verdadero Witkiewicz.
Pero bueno, a mí lo que más me gustó de este hombre fueron las fotografías que, durante su vida, se hizo a sí mismo o posando con amigos o parejas. Sólo a través de estos impagables documentos he llegado a comprender que, si Witkiewicz viviera ahora y tuviera la oportunidad de conocerlo, seguramente nos llevaríamos muy bien: como yo hago la mayoría de las veces, acostumbraba a hacer gestos ante la cámara, poner caras de loco, de modo que no hay apenas fotos en la que salga luciendo su verdadero rostro. Pocos indicios como ese para saber que alguien no se toma en serio, no sólo a sí mismo, sino también al mundo que lo rodea.


Qué jefe.
"- Hay un monstruo en la cocina. Lo he visto... ¡y me ha mirado!
- ¿Y tú qué has hecho?
- He salido corriendo como alma que lleva el Diablo."
¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAARRRRRGGGGGG!!!
Esto, que parece sacado de una película de terror de esas que hacen que las palomitas se conviertan en gravilla en nuestra boca, no es sino una conversación que, hace sólo unas horas, he mantenido con uno de mis compañeros de piso. El año pasado me quejaba de que a veces me faltaba poco para tener que entrar a cocinar con pértiga, pero es que este año, viviendo con este par de Erasmus que, si hay algo a lo que dediquen menos tiempo que a estudiar, es a dormir, la cosa se está poniendo tan fea en la cuestión de la limpieza, desinfección y erradicación de todo tipo de forma viviente no deseada (que no pertenezca a la raza humana, claro), que no nos va faltando más que el canto de un céntimo de euro para que tengamos que pertrecharnos de escafandra y lanzallamas para poner el pie en la cocina. En serio: anteayer regresé de vacaciones y, nada más abrir la puerta, me encontré con que quienes primero habían salido a recibirme eran tres bolsas de basura, llenas a rebosar, que, desde su posición en el suelo, repantingadas como si allí no pasara nada, me miraban inmutables, casi desafiantes. Ese no sería, pese a todo, más que el principio, pues al llegar al frigorífico -llevado, más que nada, por la costumbre y no con la esperanza de encontrar alimentos en buen estado- me di cuenta de que la habitación apestaba más de lo normal. Comencé a chequear los bultos de la nevera con el temor de encontrar fungosidades venidas de otro planeta, pero, tras constatar que allí no había más que un par de alimentos pútridos, incapaces de producir aquella pestilencia, cerré la puerta y me dirigí al fregadero, que a la sazón apenas se veía, debido a la montaña de adminículos culinarios que allí se apilaba sin respetar orden conocido. Abrí el armario situado en su parte inferior, donde también acumulamos la basura (aparte de en el pasillo), y di con el foco del hedor: por el suelo del armario se extendía una mancha negra de líquido inidentificable de la que emanaba la mayor peste que os podáis imaginar y que parecía llevar allí semanas. Cerré la puerta con espanto y a punto estuve de echar hasta las muelas. Proferí un par de juramentos a la vieja usanza y me encaminé a la habitación de mi compañero alemán, Kristian. Él, sin embargo, me informó de lo que ya me temía: todo aquello era obra de Ken, el otro "flatmeit", este de Flandes. Coherente con su trayectoria, no había limpiado nada desde que su caterva de amigos, que vinieron a pasar la Semana Santa en Madrid y a dormir (espero que no más) entre las sábanas de mi cama, se marchase dejándolo todo hecho unos zorros. En efecto, también el resto de la casa estaba para prenderle fuego y olvidarse del asunto. Suerte que, al menos, tuvo la decencia de limpiarla (a su manera, eso también es cierto) antes de que fuera demasiado tarde. El incidente de la cocina, a pesar de todo, sigue inexplicado, pues antes de que pudiéramos interrogarlo como Deus manda, ya estaba haciendo las maletas para irse a Francia durante dos semanas. Ahora, entre Kristian y yo, nos hemos propuesto darle un repaso a la casa y tratar de dejarla lo más respetable posible, también, a manera de experimento, para comprobar hasta qué punto la suciedad proviene de nuestro querido Ken. A ver quién sale vencedor.
Eso es todo. Ya sé que, para ser una entrada que llevaba tiempo demorándose, es bastante apestosa (además literalmente). pero bueno, tendréis que conformaros con lo que hay. Y si no, ya sabéis que podéis hacer: venir a ayudarme con la limpieza.
Por lo demás, ha sido un día bastante apacible. Después de pasar tres horas seguidas sentado frente al ordenador, medio enterrado bajo una maraña de papeles, tecleando el trabajo, frunciendo el ceño con saña o rascándome en lugares poco aconsejables, me he enfundado la pelliza y, sin dar demasiadas explicaciones a mis compañeros de piso, he salido a ver mundo. El difunto bichopalo, cuyo espíritu aún se deja ver de cuando en cuando en diferentes ámbitos (aunque siempre de noche), se encontraba por el centro de la urbe, acompañado de dos amigos que han venido a hacerle una visita de la kafkiana Chequia, y también de la inefable Violeta, a quien, en los últimos días, ya veo hasta en el fregadero, pero cuya presencia siempre es motivo de alegría. Los cinco, pues, hemos caminado hasta desembocar en Lavapiés e introducirnos en una tetería libanesa, donde nos ha atendido un camarero con pinta de jamaicano que, por su dominio del español, no debía de tener demasiado contacto con el mundo exterior. Allí la conversación se ha desarrollado entre el idioma patrio, el italiano y el inglés, sin llegar a alcanzar un buen nivel de comprensión en ninguna de las tres lenguas, pero llenando los momentos de silencio con sorbos de té y mordiscos a comida ajena. La velada, pese a todo, ha sido deliciosa y, pese a terminar de manera abrupta y poco espectacular (considerando, sobre todo, los rosarios de la aurora que han llegado, en ocasiones, a organizarse), aún quedan días y la cosa promete.
Y ahora me voy ya para la cama, que estoy cansado y casi no sé lo que digo. Mañana, además, me toca madrugar como buen doctorando como -cada día me convenzo más y más- soy. Os dejo con que los cuadros de M. C. Escher más me gustaron de la exposición a la que fui ayer. Agur, gañanes.
Llevo un tiempo considerablemente largo en un estado que la palabra inglesa "standby" define a la perfección: se me pasan las horas, pierdo los autobuses, se me olvidan cosas importantes, no doy señales de vida a personas que me importan... Supongo que al menos algunos de vosotros sabréis a qué me refiero. Esa es la razón de cosas como la del Rastro se sucedan con cierta regularidad. Sea como sea, lejos de traumatizarme con ello, trato de encontrarle solución de todas las maneras posibles: pongo la alarma del móvil, garrapateo en una agenda cuando me viene a la cabeza (casi nunca), relleno a tientas una lista de cosas por hacer y, sobre todo, invado la pared de mi habitación con post-its; lo malo es que no son demasiado adhesivos y, de cuando en cuando, alguno se despega y acaba relegado al ostracismo del suelo, con lo que pierdo la referencia y, sin darme cuenta, olvido qué ponía e incluso su existencia; sólo al cabo de un lustro y medio, cuando me da por limpiar la habitación, doy de nuevo con él, recubierto de una gruesa, tóxica y enmarañada capa de polvo, y caigo en la cuenta de que, una vez más, se me ha escapado una cita importante.
De todas formas, como os digo, intento ser lo más eficiente posible, y hay veces que da sus resultados. Esta semana, por ejemplo, no ha estado tan mal. Dejando a un lado los carnavales gijoneses -que, contra todo pronóstico, estuvieron muy bien, y me tuvieron de farra hasta más de las 8 de la mañana, con un disfraz que más me vale callar-, he aprovechado para hacer bastantes cosas: ¡hasta me he puesto a escribir un trabajo del doctorado! Y lo que es mejor: ¡a lápiz, a la antigua usanza! Aun así, el mayor énfasis lo he puesto en recuperar un poco mi vida social, la cual, últimamente, se iba pareciendo cada vez más a la del ya mentado -hace siglos, por cierto- Simón del desierto; con lo me he juntado con gente de la más diversa catadura para hacer las más variadas actividades: salir a correr, ir a museos, asistir a conferencias, jugar a las cartas, escupir por la ventana a los transeúntes... ese tipo de cosas. A ver cómo sigue el asunto.
Y nada más, chicos. Se me cierran los ojos y ya ni siquiera me acuerdo de por qué me puse a actualizar el journal: creo que iba a hablar de los conductores de autobús de Madrid, hacia los que vengo desarrollando, ya desde hace unas semanas, una animadversión irracional que, un día de estar, va a terminar llevándome a encararme en serio con uno y acabar saliendo por la ventana. No sé qué opinaréis del gremio, ni si alguno de vuestros familiares o amigos trabaja en tan infausta compañía, pero lo que es yo, ME CAGO EN LOS AUTOBUSEROS DE MADRID. Otro día os explicaré mis razones, que, como os digo, estoy hecho polvo. En todo caso, quedaréis satisfechos -espero- aquellos que me habéis conminado a que no abandone la escritura de este compendio de mis "fortunas y adversidades". Si no,
Os dejo con el inextricable mundo de David Lynch, en el que, con un poco de suerte, me adentraré esta semana:
Joer, qué cutre es el cartel. Espero que la peli esté mejor. El tráiler, por lo menos, promete, aunque sea la hostia de friki:
Ah, y también he encontrado esto:
Con todo lo que digan, a mí el Jim Carrey, como diría uno de la Cuenca, mólame mil; y al que no'i mole, doile con la fesoria.
Para una vez que actualizo, voy y cuento cosas con las que ya había dado la tabarra en otra ocasión. Una de dos: o ya empiezo a padecer de Alzheimer (lo cual, echando un vistazo a mis últimos y monumentales despistes, quizá no sea tan descabellado), o es que mi vida, trabajos, compromisos y empanadas de Móstoles aparte, no es tan movida como solía o trataba de haceros creer.
En fin. Interpretaré esto como una señal que me envía el hado, a la manera de cuando se me vino el calendario encima en medio de la noche, o esa otra ocasión en la que, al abrir la ventana de mi habitación, el traicionero viento se llevó consigo un folio en el que había empezado a pergeñar un relato (o algo que se le parecía), y es probable que tome una decisión drástica en cuanto al journal: o sigo escribiendo como Dios manda o cierro el chiringuito y me dedico a otra cosa. Las treinta y pico entradas sin leer que se acumulan en mi sección de "Friends" (que, como siga así, va aterminar llamándose "Enemies") me sugieren la segunda, y yo mismo veo el desproporcionado lapso que media entre cada uno de mis posts; a pesar de todo, no perderé la esperanza y, confiando en la próxima estabilización de mi persona y mi mente, no cabe descartar que vuelvan los buenos tiempos.
Sea como sea, que tengáis felices sueños y nos vemos en el momento más inesperado.
Como sin duda han podido apreciar los avispados lectores del journal, hace media vida que no actualizo esta suerte de diaro (que, bien mirado, mejor haría en llamarlo "diarreo", pues, como su correspondiente femenino, sólo se manifiesta de tarde en tarde y en el lugar y momento más inopinados). Ello no se ha debido, sin embargo, a inquinas personales con ninguno de mis comentaristas ni con el resto de la caterva livejournalera, como tampoco ha tenido nada que ver con la actitud de divismo que mucha gente, incluso en estos mismo lares, se muestra proclive a desarrollar cuando le prodigan un par de halagos (que ni siquiera tienen que ver con su aspecto físico). Lo único que ha ocurrido es que he estado hasta arriba, bien de trabajo, bien de dudosos compromisos sociales, bien de esa sana empanada mostolera que nunca viene mal. En este tiempo, además, he tenido dos de las revelaciones más trágicas que podían sobrevenirme en lo que a mi carrera profesional se refiere, las cuales han propiciado que haya empezado a buscar bancos y rincones cómodos en los parques y a proveerme de cartones que me protejan de las duras noches madrileñas al raso. Sea como sea, como prueba de deferencia y en honor a la prudencia y al particular decorum que este formato requiere, procederé a obviar su explicación y sólo revelaré de qué se trata a quien me lo pregunte y en reducidos cónclaves; faltaría más.
A pesar de lo expuesto, no todo son males en mi vida. Para regocijo de mi propia persona y de aquellos que tenían la mala fortuna de acompañarme en las comidas y cenas a las que los invitaba antes de Navidades, por fin me he mudado de cueva. Ahora comparto piso, cubiertos, sofás y baño (y no descarto lecho) con dos Erasmus desorejados que pasan en casa el mismo tiempo que yo mismo el año pasado (es decir, casi nada) y a los que, siempre que puedo, hostigo con mis experiencias de cuando yo mismo disfrutaba de esa gloriosa beca (ejem, limosna). Sus nombres, Christian y Ken (como el de Barbie, aunque con pinta de gabacho), y sus nacionalidades, alemana y belga (aunque de la parte de Flandes, allá donde repartía mamporros el mismísimo Alatriste). De momento no hemos salido juntos a ningún sitio, pero sólo es darle tiempo al tiempo para que me introduzca una vez más en ese bello y corrupto mundo del que, si uno fuera listo, nunca se saldría.
Y bueno, creo que ya es suficiente por hoy, gañanes míos. Voy a ver si estudio un poco (¡¡¡Sí!!!).
May the worst be with you.
Las clases de los jueves me dejan completamente exhausto, poco menos que al borde del colapso neuronal. Se trata de las que versan sobre el siempre estimulante tema denominado con el sencillo nombre de "Semiótica y Pragmática del Texto Dramático". No, no creáis que me he puesto a hablar en arameo o en maya -ahora que está tan de moda-: ese es el nombre de la asignatura que se imparte de 5 a 8 de la tarde, los jueves madrileños, en el vetusto edificio del Instituto de la Lengua Española (sí, amigos: el mismo adonde, hace ahora un año, dirigía cada mañana mis maltrechos pasos para asistir al ínclito y añorado master del espacio sideral). Quien la imparte, además, es el mismo profesor que tuvo el dudoso privilegio de dirigirme la tesis de magister por la que me di a conocer en estos andurriales livejournaleros, y el que, casi con toda seguridad, se avendrá a meterse en el berenjenal de apadrinarme la doctoral (la SÚPER TESIS). El entorno, pues, es conocido, e incluso me atrevería a decir que amigo. El único problema estriba en la excesiva duración de las sesiones, lo cual propicia, aparte del reblandecimiento de las neuronas, que la materia se acumule de un manera brutal, casi tanto como el polvo sobre la superficie de mi cómoda, y que al final de las mismas a punto estemos de pedir clemencia al verdugo o bien de inmolarnos en un acto de locura desatada. En serio: por momentos la clase alcanza tal densidad, tal hipertrofia de abstracciones y conceptos poco menos que inaprensibles, que le dan a uno ganas de berrearle a todo el mundo que se calle o que se ponga a hablar de pedos, cogorzas o clases de ropa interior. Y no penséis que es como reacción a la pedantería que, de cuando en cuando, menudea por estos ámbitos; nada que ver. A decir verdad, no encuentro rastros de afectación en ninguno de los asistentes a esa clase (si me descontamos a mí mismo, por supuesto). Más bien tiene que ver con la inmensa telaraña que se va tejiendo con los interminables parlamentos del profesor (muy interesantes y certeros todos ellos, una cosa no quita la otra) y los de una compañera argentina que habla como los demás respiramos; Dios mío, qué parrafadas, qué de cosas, qué de datos y detalles de todo tipo, color, olor y sabor, y qué difícil llegar a columbrar el final de la homilía... Y que conste que no es que encuentre carente de interés lo que apunta, pues, bien al contrario, suele tener opiniones muy de primera mano a propósito de montajes, versiones, nuevas corrientes teatrales, etc. (la chica es dramaturga, "actora" y sabe mucho de escenografía). El pero radica, precisamente, en el volumen de las mismas: es decir, en ese torrente de palabras que sale de su orificio bucal y que se te viene encima como si de una nube de langostas se tratase, hasta el punto que casi tienes que agarrarte a la silla para no caer de bruces en el enmoquetado o bien achinar los ojos y confiar en que, de esa manera, la descomunal avalancha de información se quede a las puertas del cerebro y no lo haga explotar como una patata recalentada.
Hoy, pues, he abandonado la clase con la sensación, quizá más acuciante que nunca, de que la cabeza me pesaba más que un rinoceronte estreñido. He salido a la calle, he sentido el frío polar en mis mejillas y, mejor aún, en mi córtex, y no se me ha ocurrido otra cosa más que irme a una conferencia que daban en el Círculo de Bellas Artes. ¿Masoquismo? Quizá, pero la verdad es que el tema de la misma y, sobre todo, el ponente me interesaban especialmente: se trataba de un coloquio en torno al cine del norteamericano Sam Peckinpah, artífice de clásicos como Grupo salvaje, Pat Garret y Billy el Niño o La huida, conducido por el escritor y cineasta asturiano Gonzalo Suárez, a quien aún no había tenido la suerte de ver en persona, y tras el cual se proyectaría un filme de Peckinpah. Ha estado muy bien, con intervenciones de todo tipo y puntos de vista la mar de interesantes, que sin duda hacían que te apeteciera revisionar sus producciones, y aunque he tenido que dejar la sala antes de que terminase -pues de haberme quedado, mi cabeza habría terminado por saltar por los aires-, me acompañaba un muy buen sabor de boca. Lo mejor de todo, por cierto, es que Suárez, ahí donde lo veis un auténtico representante del cine off español, que ha vivido en Hollywood y ha recibido elogios del mismísimo Howard Hawks (y no me refiero al quiosquero de la esquina), fue amigo íntimo del director homenajeado y vivió con él toda clase de aventuras: con sólo deciros que llegaron a escribir un guión juntos -que nunca llegó a materializarse en una película. Gracias a esa estrecha relación, pues, llegó a desentrañar los recovecos del hombre que se ocultaba tras unas sempiternas gafas oscuras -y también una fama de chalado que, después de todo, le hacía bastante justicia- y hoy se ha pasado la mitad de la charla contándonos detalles morbosos y anécdotas de lo más sabrosas; entre ellas, sobresalían una en la que Peckinpah aparecía lanzando un cuchillo por encima de las cabezas de los comensales de un restaurante madrileño y otra en la que el susodicho se beneficiaba a la mujer de un auxiliar de dirección. Todo un carácter, el muchacho, un diamante en bruto con excentricidades para aburrir a las piedras: por lo visto, despreciaba a actores de la talla de Paul Newman y era un misógino redomado, mientras que la mayoría de las grandes vedettes no quería verlo ni en pintura; según cuentan sus biógrafos, acudía a todos los sitios con un neceser lleno de botellas de licor y, en las pausas del rodaje, aprovechaba para irse de jarana con los miembros del equipo técnico, dejando tiradas a las estrellas hollywoodienses del momento. En cambio, contaba con joyas como James Coburn, Steve McQueen o William Holden en sus filas y directores de la talla de Quentin Tarantino lo reivindican hoy como maestro absoluto. Gene Hackman, ese otro grande del cine, dijo una vez, tras haberle sido ofrecido un papel en una de sus películas: "La vida es demasiado corta como para pasar dos meses con Sam Peckinpah". Creo que eso ya da una idea del tipo de quien hablamos.
En fin, no me extiendo más, que aún me retumba un poco la cabeza con los conceptos teatrales y no paran de venirme a la misma las extravagancias de ese genio del Séptimo Arte, cuya obra recomiendo a todo hijo de vecino.
Hasta la vista, mercachifles
David Samuel Peckinpah (1925 - 1984)
Gonzalo Suárez, en una, cuando menos, inquietante foto junto a Octavio Aceves (acudid a este link y echad a temblar)
Mañana (o pasado... o nunca) os contaré cómo me ha ido, si me han sacado en hombros o si, por el contrario, han terminado por pisotearme los mismos. En todo caso, me acojo a la candidez de los querubines que me han tocado en suerte y, también, al hecho de no tener ningún vehículo al que prender fuego.
En fin, que trataré de hacer lo posible para mantener mi presencia en este universo descabellado y hermoso, a pesar de bloqueos y otras mandangas, y evitar de paso que los de livejournal me cancelen la cuenta. Sería una pena dejar de lado esta senda que abrí -en serio- ahora hace un año (exacto, además) y que me ha procurado tantos buenos momentos; aunque no sepa ni dónde me lleva ni qué significa, aunque sea material caduco, banal y descuidado, aunque a través de él haya dado con gente que está aún peor que yo y que en cualquier momento se presenta en mi casa con una fesoria al hombro, seguiré adelante.
¡Con dos cojones! (estos)
(Perdonen la tosquedad)
Pero bueno: incidentes aparte, la obra estuvo muy bien. Hacía tiempo que no iba a ver un espectáculo de danza y el de hoy me ha animado a regresar en alguna otra ocasión (seleccionando, por supuesto, aquellos que menor desembolso económico supongan). La próxima vez intentaré que sea danza moderna, pues me llama mucho más la atención; sobre todo desde que presenciara, hace ya más de un año y medio, al mejor ballet de Suecia -el Cullberg- introduciendo "punchis punchis" en su repertorio musical y destrozando literalmente el escenario al final de la representación. Es una pena que no permitiesen la participación del público en la obra (más que nada, en lo que se refiere al punchis punchis).
Como en mis mejores tiempos, vuelvo a estar desvelado y con alguna que otra inquietud atenazándome el estómago. Siempre que me toca madrugar, duermo mucho peor; cruel ironía a la que sólo soy capaz de encontrarle una explicación: la expectativa de hacer algo que pueda significar un giro sustancial en mi vida (cosa que, curiosamente, suele venir acompañada de un madrugón) me excito de tal manera, que, en mi deseo de que amanezca cuanto antes, me veo abocado al más empantanado insomnio. Pero bueno: como dijo aquel gran filósofo peripatético, "nunca es tarde si la picha es buena". Y en este caso, amigos míos.... qué os voy a contar que no sepáis ya.
Pero dejémonos de rodeos onanistas y vayamos a las cuestiones prácticas, que es lo que de verdad importa a los lectores de livejournal (JAJAJA). He decidido mudarme de nuevo. Como lo oís. Pero no temáis, pues esta vez no va a ser en el ciberespacio -donde las cosas son mucho más fáciles y uno no tiene que dar cuenta de los desastres acaecidos-, sino en el espacio real de la capital del reino. Mis días en la Bat-Cueva están, pues, contados, y si bien aún no tengo otro pajar, alcantarilla o árbol donde arrellanar mis posaderas, aspiro a un agujero que, al menos, tenga más luz que el presente. Espero que no sea mucho pedir. De momento, no he hecho más que decírselo a mis todavía compañeros -esos dos periodistas de los que se auguraban magníficas historietas pero que, tras poco más de un mes, han resultado más bien sosos- y ponerme a buscar algún sustituto para el inmenso hueco que voy a dejar no sólo en el piso, sino, sobre todo, en sus maltrechos corazones. Mi decisión, de todas maneras, no es que les haya sentado demasiado bien, que digamos: su efecto cuando se la comuniqué el sábado por la mañana (sí, amigos, madrugué) fue muy parecido al que hubieran experimentado de haberme liado a gorrazos con ellos o haberles prendido fuego a las sábanas de sus lechos. Agradecieron las formas y, por encima de todo, la sinceridad (ese bien tan escaso), pero maldijeron su suerte (soy el 4º compañero que los deja en la estacada desde julio) y reprobaron mi poca honestidad, en la que habían confiado cuando, a finales de octubre, les asegurara que estaría con ellos hasta que venciese el contrato e incluso me uniría a su próxima búsqueda de choza. Entiendo sus razones y, de hecho, yo mismo me hago los mismos reproches (prueba de ello son estos desvelos que me han llevado a abandonar el catre). Ahora bien, acogiéndome al amor que me tengo a mi propia persona y al libre albedrío del inquilino medio, todo queda justificado, y más allá del más que constatado hecho de que con esta nueva felonía quedo como el culo, confío en que haya sido la decisión acertada, no sólo para mí, sino también para los dos periodistas, quienes seguramente acabarán por agradecer la marcha de tan bizarro e imprevisible sujeto. De ser al contrario, tanto en un caso como en el otro, al menos me quedará el consuelo de haberlo intentado: "lo importante, después de todo", seguía aquel patético filósofo, "es participar".
Si este no es el sketch más gracioso del mundo, que baje Crístofer para negarlo.
Y ahora me esperan las sábanas. Dentro de poco, más.
En fin, que la biblioteca esta, por temática que fuera, dejaba mucho que desear. Las pocas piezas literarias que había, por otra parte, estaban arrinconadas en un recodo oscuro y desolado, al que faltaba poco para que se accediera a través de una cortinilla, como pasa con la sección porno en los videoclubs (según me han contado). Más que biblioteca, pues, debería haberse llamado "videoteca", aunque ni siquiera ese nombre merecía.
En cualquier caso -puesto que la cosa no estaba como para disquisiciones ontológicas-, me limité a hacer un imperceptible mohín y, ya resignado, tratar de encontrar algo que no estuviese del todo mal (al fin y al cabo, es gratis; tampoco es para tanto). Por desgracia -aunque no para mí, menos mal-, esa no fue la actitud adoptada por la totalidad de la sala y, como si de un rayo bíblico se tratase, una voz rota e incrédula terminó por alzarse en medio del local: "¡¿Cómo?!". El grito nos llamó la atención a todos e inmediatamente localizamos al alborotador: un tipo barbudo, maltrecho y fuera de sí que, en ese momento, miraba desencajado a la chica que ocupaba el mostrador principal y le volvía a conminar: "¿Cómo que 'temática'? ¿Qué mierda es eso de 'temática'?". Por lo visto, al hombre no le había sentado muy bien la noticia de la reconversión del local en suerte de cinemateca (pues, también por lo que me han contado -o mejor dicho, lo que oí de labios del exaltado barbado- antes sí que era, de verdad, almacén de libros) y de esta guisa se lo estaba haciendo saber a los empleados del lugar. "¿'Material audiovisual'? ¡Qué cojones de 'material audiovisual'! Aquí llevo yo viniendo toda la vida a leer, ¡hostia!" (bueno, no sé si pronunció esta última palabra en concreto, pero qué duda cabe de que le añade fuerza a la sentencia). Ante lo cual, la muchacha del mostrador, como buena funcionaria, se limitaba a mostrar un semblante impertérrito y, con gesto entre resignado y desdeñoso, alegar frases que comenzaban con "yo, lo único que le puedo decir..." o "es que, señor, aquí las cosas...", pero que, al momento, eran pisoteadas por la indignación del autoproclamado Defensor de los Lectores de Cuatro Caminos, quien se desgañitaba con arrebatos del tipo "¡Usted a mí no tiene nada que decirme!", o bien "Usted se calla, no es nadie, está dejando que ocurra esto!"; aunque lo mejor fue cuando se volvió al involuntario público y empezó a graznar "¡¡Nos están robando la cultura!". Vamos, que faltó poco para que empezase a proclamar el fin de los tiempos o el advenimiento de un nuevo Mesías. En un momento dado, además, se le unió -quién sabe si llevado por el acaloramiento del instante o por la represión hogareña- otro sesentón que pululaba la zona y que no dudó en sentenciar: "¡Tiene razón! ¡Esto es una vergüenza!". La escena, en fin, pareció sacada de algún astracán o un esperpento. Menos mal que no duró mucho y por fin, entre bufidos y amenazas varias, acabó por marcharse el ultrajado y enfebrecido erudito sin mayores consecuencias; momento en el que todos aprovechamos para volver a nuestros afanes como si allí no hubiese pasado nada.
¿Y cuál es la moraleja de esta historia? ¿Por qué os cuento todas estas faciendas? Pues bien, chicos, lo único que se me ocurre es lo siguiente: ¡no leáis más de la cuenta! De lo contrario, terminaréis invocando a Zeus y otras divinidades en el lugar y momento menos apropiados, quedando ante los ojos de los demás como unos auténticos tarados. Y es que, si bien este pobre quijote tenía su gran parte de razón, también es cierto que, de la manera que expuso sus argumentos, más bien parecía que iba a poner una bomba que a dialogar para encontrar una solución al entuerto que se le había presentado. Y tal como están las cosas hoy en día, quizá sea mejor no armar tanto alboroto y tratar de buscar vías más expeditivas y menos escandalosas.
Y ya me callo, leche, que cuando me pongo a predicar no hay ni Crístofer que me aguante.
